Turno 5

El retonno del Matarrey

El mar estaba en calma, para no contradecir los cánones establecidos posteriores a cualquier tempestad. Aquella explanada de agua era totalmente uniforme, salvo por algunas tímidas olas que empezaban a resaltar en el inmenso azul, señal inequívoca que el orden empezaba a restablecerse.

Entre toda aquella uniformidad, un punto rojo llamaba la atención en el horizonte. Se movía acompasado por las corrientes, que lo dirigían poco a poco hacia la Isla.

Después de varias horas, el bote salvavidas arribó a la orilla. Las secuelas de la noche anterior eran evidentes. La lucha contra los elementos debió ser encarnizada, a tenor del estado en que se encontraba el batel, desinflado casi por completo y con jirones de tela colgando por babor y estribor.

Y dentro de la embarcación, el superviviente. Tumbado, boca arriba y mirando el cielo. En una de sus manos sostenía lo que quedaba de uno de los remos. Su otro brazo estaba ensangrentado, y, no sin dificultad, lo giró para poder taparse los ojos ante su otro enemigo, el sol.

Aún así, la sonrisa en su cara delataba su satisfacción por haber vencido la batalla.

Aquella isla no se parecía en nada a la que el recordaba. Si no fuera por el majestuoso edificio que se erguía ante sus ojos, en medio de un frondoso bosque de árboles caídos y escombros, hubiera pensado que el destino le había jugado una mala pasada y las corrientes lo habían arrastrado hacía otro desconocido lugar del archipiélago.

Pero no.

Sin duda, aquello era Isla Chechino y la regia edificación que aún se mantenía en pie era su hotel. La suerte le había vuelto a sonreír. Aunque su plan se había alejado del camino trazado, aún estaba a tiempo de lograr su objetivo antes de morir.

El tiempo apremiaba. El reloj había iniciado su cuenta atrás.


El caos reinaba en el campamento. Afortunadamente el agua no había llegado a la altura del mirador donde se encontraban y la “gran ola” ya había pasado. Sus problemas ahora eran otros.

Las intensas lluvias de los últimos días habían anegado los alrededores. La crecida del nivel de agua resultaba aún evidente. Las montañas aún expulsaban el agua que no habían podido asimilar y, al parecer, todo desembocaba en la base del mirador. Estaban completamente aislados, no habría forma de salir de allí.

El trabajo de Lady Val había sido excepcional y todas las tiendas habían aguantado el temporal.

El Cheff Nevski revisaba las pocas existencias que quedaban. Si conseguían racionar la comida, todavía podrían aguantar dos días con sus respectivas noches, a lo sumo tres.

El pesimismo y la desconfianza reinaban en el ambiente. Todos temían por su vida, no por la falta de comida, sino porque el asesino todavía andaba suelto. Durante el día todos aparentaban normalidad, pero sabían que por la noche, alguien podría volver a actuar. Ocho personas moraban todavía y, aunque nadie se fiase de nadie, todos se ufanaban por poner orden en aquel improvisado asentamiento.

La relación entre Theon y Antares, desde que empezaron los asesinatos, no había sido la mejor y, al igual que el día anterior, ambos se acusaban mutuamente de no ser quién en apariencia parecían.

El resto de empleados se debatían entre la indiferencia y el apoyo a uno u otro bando, pero la mayoría estaban concentrados en adecuar el campamento para sobrevivir un día más y no le prestaban mayor atención a sus discusiones.

Lo mejor sería aplazar cualquier decisión al final del día, cuando todas las tareas estuvieran acabadas.


Kvothe avanzaba a duras penas por la planta baja del Resort. El agua le cubría hasta la cintura y toda clase de escombros flotaban a su alrededor. El panorama era desolador. No había ni rastro de sus empleados, lo que no sabía sin interpretar como una buena o mala señal.

Sin embargo, algo llamó su atención, una mano, que reconoció rápidamente, flotaba a pocos metros de él.

—¡Sonrisa triste! ¡Noooo! —exclamó—. Tú tenías que ser el protagonista del final, maldito seas, como se te ocurre morir.

El cuerpo putrefacto de Sadsmile hizo deducir a Kvothe que el pianista no había muerto el día anterior, allí había pasado algo que se escapaba a su comprensión.

Conforme siguió avanzando por el exterior del Resort, fue reconociendo los cuerpos sin vida de varios más de sus empleados: Cerandal, Khaleesi, Gerold, la pobre Ellaria, todos estaban muertos, incluso apareció un cuerpo completamente achicharrado que no podía ser otro que Daniel.

—Al final se quemó a lo bonzo el loco este, como si lo viera —pensaba un desconcertado Kvothe.

Aquella macabra escena se completaba con otros cuerpos, o lo quedaban de ellos, que eran imposibles de identificar, dado el grado de descomposición de los mismos.

El nivel de agua disminuía poco a poco y se empezaban a formar pequeñas corrientes, señal de que el agua empezaba a retroceder hacia el mar.

Un par de tacones rojos avanzaban hacia Kvothe. Los pies estaban dentro de los zapatos, pero faltaba el resto del cuerpo. Aquella escena acabó con las últimas esperanzas de Kvothe.

Sansalayne, mi querida y fiel Sansalayne. Todo está perdido.

Desorientado y abatido por las circunstancias, se dirigió hacia la planta superior, pero un detalle llamó poderosamente su atención: los todoterreno no estaban aparcados en el garaje.

—Es posible que alguien haya sobrevivido, ¿o la corriente ha arrastrado a los vehículos? —pensaba—. Lady Val es toda una experta en supervivencia, seguro que el tsunami no la pilló desprevenida.

Con ánimos renovados, Kvothe se dirigió rápidamente hacia la playa.

—Ojala el mar no se haya tragado mi balsa.

Cuando llegó a la playa, el bote salvavidas todavía flotaba y podría iniciar la búsqueda de sus empleados.


Aunque todavía era temprano, empezaba a oscurecer. Era como si el sol, aburrido, hubiera dejado paso nuevamente a las nubes grises. La mayoría descansaba en sus tiendas, esperando que el Cheff Nevski anunciara que la cena estaba preparada.

El final de las lluvias y la velocidad con la que el nivel de agua bajaba, había alimentado las esperanzas de todos y cada uno de los residentes del mirador, hasta el punto que el Cheff, cuya prudencia era uno de sus mayores virtudes, había decidido preparar pollo a la brasa para cenar, dando por hecho que al día siguiente podrían salir de su cautiverio.

Antares leía tranquilamente en su tienda. Entre los escombros que habían llegado hasta la colina, había recuperado un libro, cuyas pastas denotaban su antigüedad. Seguramente provenía de la biblioteca del hotel: “Alicia en el País de las Maravillas”.

Aquella lectura había evadido durante unos minutos a Antares de la realidad. Incluso se le escapó alguna sonrisa, ante los ingeniosos diálogos del Sombrerero Loco. De repente, la realidad le volvió a golpear de manera súbita.

—No puede ser verdad…. decía preocupado.

Fijó sus ojos en aquel libro, como si no pudiera ver bien. Leía una y otra vez la misma página.

—Está aquí, claro, ¡lo dice bien claro! —empezó a gritar.

Se levantó, salió de su tienda y alertó al resto de empleados:

—Venid, venid todos, ¡lo he encontrado! ¡No hay error posible!

Sus compañeros fueron saliendo uno a uno de las tiendas, sin expresar emoción alguna, quizás acostumbrados ya a tantas desagradables sorpresas.

Antares se encontraba en el centro del mirador. Erguido y orgulloso, levantaba con su mano una hoja arrancada del libro.

—Aquí lo tengo, lo he pillado, se quién es.

—¿Quién es qué? —preguntó Theon saliendo de su tienda—. A ver, qué moto nos vas a vender ahora.

—Te voy a vender a ti —contestó furioso Antares—. Sé que muchos desconfiáis de mí, pero os pido que me creáis ahora. En esta página esta la confirmación de mis sospechas, comprobadlo vosotros mismos, miradlo….

En ese momento, Theon se abalanzó sobre el, empujándole de manera violenta y haciendo caer la prueba que tenía en las manos.

Antares, para sorpresa de todos, sacó una pistola, y apuntando a Theon le dijo solemnemente:

—Cuando se dispara…no se dice nada —y apretó el gatillo.

Sin embargo, debido a la humedad, la pistola no disparó.

—Estoy harto de ti —le amenazaba furioso Theon—. Llevas varios días lanzando insidias sobre mi persona, poniendo a la gente en mi contra y ya has visto: ¡nadie te ha hecho ni puto caso hasta ahora! Pero hasta aquí hemos llegado, ¡¡no te voy a permitir que sigas mintiendo!!

Los dos empleados se enzarzaron en una dramática pelea. No tenían armas, pero no harían falta.

El resto de empleados observaban asombrados la lucha entre ambos, pero nadie se atrevía a intervenir. La mayoría tenían dudas razonables sobre quién decía la verdad.

En el fulgor de la lucha, se iban aproximando al borde del promontorio. Theon resbaló y se precipitó al abismo, pero en el último momento, agarró por la camisa a Antares, arrastrándolo con el.

Ambos desaparecieron.

Donde antes había agua, que hubiera amortiguado la trágica caída, debido a la rapidez con la que el agua descendía su nivel, existía un precipicio de decenas de metros de altura.

Lo último que escucharon fueron los gritos al caer, pero ahora el silencio, un trágico silencio, se imponía en el mirador.

Aditu, Lady Val, Oberyn, Asha, Lauerys y Nevski se asomaron rápidamente al borde del precipicio, pero no encontraron ni rastro de los dos desgraciados.

Nadie podría haber sobrevivido a aquella caída y seguramente el mar habría terminado por engullir a ambos. Sus cuerpos no tardarían en salir a la superficie, pero quién sabe dónde y cómo….


Kvothe remaba como buenamente podía. Su embarcación apenas se mantenía a flote y como improvisado remo utilizaba una sartén, no se le ocurrió nada mejor.

Dada la extensión de la Isla, al principio no supo que dirección tomar, pero hacía varias horas que había divisado una fina línea en el horizonte, que bien podría ser el humo de una hoguera. Aquello dio esperanzas a Kvothe que, aún avanzando lentamente, ya sabía hacia donde dirigirse. Con algo de suerte, llegaría al amanecer, pero conforme se iba acercando, las dudas crecían en su interior.

El tsunami no era el culpable de la masacre que se había encontrado en el Resort, y no sabía que tribulaciones le esperaban cuando llegara al mirador, lugar de donde provenía, ya con toda certeza, aquel humo.

¿A quién encontraría allí, a las víctimas, o a sus verdugos?


Las temperaturas habían bajado considerablemente y todos estaban sentados alrededor de la hoguera. Cabizbajos por lo acontecido, nadie hablaba, todos mantenían su mirada fija en las pocas llamas que quedaban, que danzando sobre las brasas, luchaban por mantenerse vivas.

El Cheff Nevski estaba en la cocina. Como todos, se refugiaba en sus pensamientos, pero para el, cocinar, era el mejor antídoto para evadirse. Los pollos estaban desplumados y preparaba la salsa, para acompañarlos a la brasa.

Sin embargo, no sabía porque motivo, no paraba de repetir mentalmente una frase: “Pollitum locomotor”…”Pollitum locomotor”. Nevski se ofuscaba, porque no lograba recordar donde había escuchado o leído aquella frase.

De entre las sombras de su tienda, una figura se acercaba por la espalda sigilosamente, pero retrocedió bruscamente, al escuchar que alguien requería al Cheff.

Alek, nos vamos a costar, mejor deja eso, nadie tiene apetito. Mejor déjalo para mañana, que esos pollos tienen una pinta estupenda. Si Dios quiere, mañana estaremos todos juntos comiendo en el Restaurante.

—Tienes razón —contestó Nevski—. Yo, no sé, no sé por qué me he puesto a cocinar. Será que estoy deseando volver a mi rutina, que acabe esta pesadilla de una vez y que todo vuelva a la normalidad.

Roció los pollos con la salsa, los envolvió en film transparente y los apartó. Cerró la tienda y se retiró a dormir.

El Cheff nunca llegó a saber que cerca estuvo su final, y desde entonces, aquella frase que le martilleaba incesante aquella noche, “Pollitum locomotor”, no le volvió a mortificar jamás.


Estaba amaneciendo y las fuerzas habían abandonado a Kvothe definitivamente.

Apenas quinientos metros separaban la embarcación de la base del mirador, donde estaba seguro encontraría a sus empleados, pero unos minutos antes desfalleció.

Había perdido mucha sangre, no había probado bocado en varios días y aquel esfuerzo terminó con sus últimas reservas. Yacía inerte en el bote, desmayado y nuevamente a merced del agua, que lo alejaba lentamente del promontorio, nuevamente hacia el mar.

Aquel sería su final, porque la dirección de la corriente era inversa a su destino y una vez en alta mar, nadie lo encontraría. Estaría a merced del océano y de aquellos chopitos, que a punto estuvieron de acabar con él días antes.

Fue una lástima. Estaba desmayado y no vio como un brazo sobresalió por uno de los extremos del bote.

Aquel naufrago se aferraba a la balsa con todas sus fuerzas. Al igual que Kvothe, se debatía entre la vida o la muerte y aferrarse a la embarcación era su última esperanza de sobrevivir.

Haciendo un último esfuerzo, con ambos brazos, se impulsó y consiguió acceder al interior del bote. Estaba salvado.

El destino le había preparado una última sorpresa al pobre Antares.

—¡¡¡Padre..!!! ¡¡¡Eres tú…!!! No me lo puedo creer, te dábamos por desaparecido, no sabíamos nada de…

Pero Kvothe no respondía.

Antares lo abrazó, llorando de la emoción. —Aguanta papá, por favor, ¡¡¡aguanta!!!

Súbitamente, Kvothe volvió a respirar.


Amanecía en Isla Chechino.

El sol brillaba como no habían visto en muchos días. Apenas había rastro de agua, salvo unos pequeños arroyos que bordeaban la colina, que no serían obstáculo para los todoterreno.

Apenas quedaban cosas por recoger y tan concentrados estaban con su tarea, que no se dieron cuenta que dos figuras avanzaban con dificultad, uno apoyado en el otro, hacia el mirador.

Lauerys fue la primera en caer la cuenta:

—Qué ven mis ojos…¡¡no es posible!!

—¡¡¡Antares…!!! ¡¡¡Señor Kvothe…!!!

Todos acudieron a su encuentro.

Al fin una buena noticia.

Antares había sobrevivido a la caída y nadie podía comprender de donde había salido Kvothe, pero daba igual, habían sobrevivido a las hordas de asesinos que pululaban por el hotel y al demoledor tsunami que arrasó la Isla.

Nada volvería a ser como antes, pero por lo menos, estaban vivos.

Kvothe tomó la palabra:

Antares ya me ha contado todo lo sucedido. Solo me queda pediros disculpas, yo soy el responsable de todas estas desgracias. Yo contraté a todos los empleados del Resort, pero nunca pude imaginar que la avaricia pudiera consumir sus almas. Espero que sepáis perdonarme y os pido que los perdonéis también a ellos. Todos han pagado un alto precio por su traición, el peor imaginable: todos han muerto y solo podemos esperar que Dios acoja sus alm…

Lauerys interrumpió a Kvothe:

—Todos no. Falta una.

Todos retrocedieron, mientras Lauerys desenfundaba su arma. Abrió el cargador, sacó una bala del bolsillo y la colocó en la recamara con frialdad.

Ante ella, todos los empleados levantaron los brazos. Sus ojos solicitaban clemencia, pero Lauerys iba apuntando con su pistola uno a uno, hasta que se detuvo delante de su objetivo.

—Tendrás que pagar el mismo precio que el resto de tus adláteres. Sólo contaba con dos balas. La primera la malgasté, pero no pienso desaprovechar la última.

—Game over, querida.

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